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Como su novio tiene que desplazarse unos días en viaje de trabajo, ella decide pasar el fin de semana en un balneario cercano y reunirse el domingo a la hora de la comida. Él celebra la idea: estupendo, te vendrá bien un poco de descanso, trabajas demasiado.
Llega al balneario el viernes por la tarde. Mientras le atienden en recepción, observa el sitio con ojo crítico. No está mal, aunque los empleados son un poco demasiado lentos. Impaciente, piensa que no hay razón para que tarden tanto en anotar sus datos y darle la llave, no es una tarea muy difícil, que digamos.
Para colmo, al llegar a la habitación, al maletero se le cae al suelo el neceser, cómo puede ser tan torpe. Responde fríamente a sus disculpas azoradas y apenas presta atención a sus explicaciones sobre el funcionamiento del aire acondicionado y las luces. El muchacho se despide con timidez y se queda un momento indeciso junto a la puerta, sin que ella se dé por aludida.
El incidente la deja malhumorada: la verdad, una viene a estos sitios para olvidarse de las tensiones del trabajo y, mira por dónde, acaba encontrando la misma ineptitud allá donde vaya, también es mala suerte. Las cosas mejoran cuando baja al restaurante y comprueba que la cena es excelente y el servicio aceptable, así que vuelve a su habitación casi reconciliada con el lugar.
A la mañana siguiente, se dirige a la piscina termal, dispuesta a matar el tiempo hasta la hora del masaje. Comprueba con disgusto que hay demasiada gente y decide entrar en la sala de relax. Afortunadamente, está vacía: se ve que todo el mundo prefiere chapotear en el agua. Mejor para ella. Deja a un lado el albornoz y se acomoda en una tumbona, dejándose llevar por la música chill out, un poco ridícula, es cierto, con tanto sonido de ola y tanto pajarillo, pero ideal para relajarse, con ayuda de la casi total oscuridad.
Un rato más tarde, casi dormida, escucha el sonido de la puerta al abrirse, seguido de unos pasos cautos. Piensa, confusamente, que es un fastidio que alguien venga a perturbar ese momento tan plácido. Mientras no le dé por hablar… Entonces, se da cuenta de que el recién llegado está junto a ella: puede oír su respiración muy cerca. Molesta, intenta decirle que se aparte, pero se lo impide una mano firme que se posa sobre su boca. Con docilidad, como en trance, se deja hacer, los ojos cerrados, mientras las manos desconocidas le quitan hábilmente el sujetador del bikini, y se apoderan de sus pechos, despertándolos. Las siente acariciar la curva suave de su vientre, las nalgas, bajarle la braga del bikini hasta los tobillos, subir luego por sus muslos y separarlos, para que los dedos puedan demorarse en los húmedos rincones de su sexo, deslizarse dentro de ella, que se abandona sin resistirse. Pero de pronto las manos rodean su cabeza y conducen su boca hacia una polla que no admite excusas. Entonces, ella se entrega del todo, con pasión y entusiasmo, adelantándose a los deseos que le insinúan apenas las manos sobre su nuca.
Cuando todo termina, ella intenta mirar, por primera vez, pero una mano le tapa los ojos y una voz imperativa le susurra al oído: “no mires”. Luego, siente las manos volviendo a su sitio la braga del bikini y después nada, sólo el sonido de la puerta al cerrarse. Se queda un rato sin moverse, mientras el canto de las olas y los querubines falsos sigue arrullándola. Casi diría que lo ha soñado, si no fuera porque el sujetador está junto a ella, en la tumbona. Entonces, cae plenamente en la cuenta de lo que ha pasado. Una ola de rubor le cubre el rostro. ¿Y si hubiera entrado alguien? Se coloca el sujetador deprisa, se pone el albornoz y sale, echando furtivas miradas a su alrededor. Nadie parece reparar en ella. Respira hondo, mira el reloj y comprueba que apenas ha pasado media hora.
Se pasa el resto del día buscando esas manos en los hombres con los que se cruza, sin encontrarlas. Tampoco las descubre en los masajistas, en su contacto tan profesional: imposible confundirlas. Aquéllas eran fuertes, firmes, pero tan suaves al tiempo… se estremece al recordarlo. Por la noche, sigue dando vueltas a lo ocurrido. Se duerme preguntándose quién será el dueño de esas manos, para despertarse al día siguiente con la certeza de que no lo sabrá nunca. Se encoge de hombros. Bueno, qué importa, al fin y al cabo, ha sido una anécdota, sin más.
Después de desayunar, llama a su novio y le asegura que está deseando verle, que el balneario no está mal, pero es un poco aburrido estar allí sola. Sí, enseguida irá a buscarle. Baja a recepción, paga la cuenta y pide que se ocupen de las maletas. Acude el mismo maletero del primer día. Cuando termina de colocar el equipaje, se queda junto al coche, las manos a la espalda. Ella busca sin mucho interés en el monedero y se vuelve al fin hacia él. “Lo siento”, le dice, “no tengo nada suelto”. “No se preocupe, señora, no es necesario”. Ella sube al coche sin mirarle y arranca. Él permanece todavía un momento en el mismo sitio, sin moverse. Luego, se encamina hacia el hotel, mientras murmura entre dientes: “ha sido un placer”.
Arturo Cañas
viernes, 6 de marzo de 2009
UNA ANÉCDOTA
jueves, 5 de marzo de 2009
¡QUE SE CALLE, SEÑORA!
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-¡Y siempre me acuerdo de los cumpleaños de mis hermanos! ¡Y son siete, conste... Bueno, conmigo ocho!
Era imposible no oír la conversación que la mujer, sentada en los primeros asientos, mantenía con el conductor del autobús.
En aquel momento recordé la frase que mi hija, días antes, me había comentado cuando ambas, también en el autobús, escuchábamos atónitas:
-La pared del salón que da al jardín mide seis metros quince, pero, desde la esquina de la chimenea al ventanal hay tres sesenta, así que como la ventana es uno cincuenta, tres sesenta y uno cincuenta son cuatro setenta metros... Como ves, en esa otra esquina cabe justa, justa, la mesa del Ikea que le gusta al Pepe. ¿A que no queda bonito, Rosi?
Y sin dejar hablar a su interlocutora, ella misma respondía:
-No, no queda bonito, así que voy a hablar con él esta misma tarde y le voy a decir que de muebles de diseño ná, que lo mejor es lo clásico de toda la vida. Porque sí, porque viste más y hay medidas de todas clases. Que a estos vikingos hay que comprarles lo que ellos disponen y ná más.
¡Que a mi madre, Rosi, todavía le duran los muebles de Valverde del Camino!
En aquel momento mi hija y yo nos miramos y, acercándose a mí, me dijo con un tono de voz susurrante:
-Lo mejor en estos casos es el ‘emepetres’, mamá. Lástima que me lo dejé en casa.
Y era cierto. Mi hija llevaba razón: lo mejor para lo que se avecinaba con la señora de los tantísimos cumpleaños iba a ser el ‘emepetres’. Bueno, en mi caso la radio con auriculares pero... ¡lástima, me la había dejado en casa!
-Que soy la primera que, cuando llega el día, los llamo por la mañana temprano. Vamos, que en los cincuenta y dos años que tengo de vida, jamás he olvidao un cumpleaños de ninguno; ni de las mujeres ni de los maríos.
Me disponía a sacar el libro que llevaba en el bolso cuando pensé que mejor no lo hacía porque de nada me iba a servir con aquel torrente de voz martilleándome los oídos.
-De los niños ya no, porque... ¡son tantos!- Y seguía...
-Menos de las cármenes, que de esas de todas me acuerdo.... Que hay unas pocas en las niñas, no te creas, por aquello de que se llaman como la abuela... Ya sabes, mi madre. Y mi hermana la mayor, que también se llama Carmen- Y continuaba con un tono que a mí me parecía cada vez más estridente.
-Pues, verás, te voy a decir cuántas hay: primero mi Carmen, la que te he dicho que es la mayor, y su hija; mi Elo tiene a la hija y a la nieta,... ¡más bonita!; mi Serafín tiene otra pero está en Australia, que hay que ver lo lejos que se ha ido la niña con lo bien que se vive aquí, y mi Patro que tiene otra. ¡Ah, y la mía! ¿Siete, no?.... ¡Ah! Y mi madre - Y seguía...
-Así que, fíjate tú, cómo se celebra el día del Carmen en mi casa. ¡Vamos, por tó lo alto!
-¿Y de mi padre? ¿De mi padre me voy a olvidar yo con lo viejito que está ya el pobre? Ochenta y ocho ha cumplío hace un mes, el veinticuatro de enero, San Francisco de Sales, y está mú girocho, gracias a Dios. Tiene una cosa mala en el vientre ¿sabes?, pero no lo han querío tocar. Y yo lo veo bien. Irá p’abajo pero, total, al pobre, de todas formas es lo que le queda.
-¡Ay!- Suspiró larga y profundamente - ¡La vida, hijo, la vida!
El suspiro de la mujer y la momentánea parada del autobús produjo un instante de silencio, durante el cual mis ojos repararon en el minúsculo cartel blanco con letras en negro que decía “Prohibido hablar con el conductor” y que estaba colgado del enorme parabrisas del vehículo. “¡Ojala fuera de neón!”, pensé.
Un joven alto con abrigo largo, de aspecto anglosajón y con una enorme maleta de color negro, subió al autobús. Tras preguntar al conductor algo inaudible, se metió la mano en el bolsillo del pantalón, le dio unas monedas y sacó el billete de la máquina expendedora. Cuando se dispuso a sentarse, se oyó aquella voz ya conocida que entre risas le decía:
-Hijo, te lo tengo que preguntar: ¿Te habrás ido de casa pá siempre, no? Porque... ¡vaya maletón que llevas! Como cuando mi hermano, el cuarto, el que me sigue a mí,...
Ya no pude más.
Me levanté de un salto y deseando que el conductor no cerrara la puerta trasera, bajé corriendo del vehículo. Respiré profundamente, puse atención y escuché el ruido que producía la ciudad con su ajetreo habitual.
Automóviles circulando en todas direcciones, semáforos acústicos, sirenas de ambulancias e incluso el llanto de un bebé que iba en brazos de su madre, provocaron en mí un enorme sosiego.
Y así, envuelta en los sones de mi ciudad, continué feliz caminando hacia mi destino.
Narrador vital
miércoles, 4 de marzo de 2009
UNA PELUQUERÍA ORIGINAL
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Jamás había ido a una peluquería de “Elena Danegui”* pero como para algunas cosas soy muy aventurera decidí arriesgarme para salir de la monotonía de ir siempre a la misma peluquería (ya que suelo variar poco, en estas pequeñas cosas me aprovecho).
La entrada, ya de entrada, fue algo caótico. Nadie miraba, nadie venía, parecían todas muy ocupadas... o lo fingían, según llegué a pensar después.
Al fin se acercó una chica con aspecto de poco espabilada, la verdad. Cuando me preguntó empecé a contarle que quería algo diferente, un cambio de look, me había hartado de tanta mecha clara (que ahora sólo era un maizal) y quería dar otro aire... La chica escuchaba, como no me interrumpía di por hecho que estaba muy interesada en mi explicación, así que continúe (es lo normal… creo). Por fin callé, más por agotamiento que otra cosa, momento que aprovechó para aclarar, algo tardíamente, que eso debía decírselo a la peluquera que fuera a atenderme
- ah.
No había espacio dónde sentarse. De momento, lo primero que saltaba a la vista es que muebles y personas saltaban sobre ti, no es que hubiese poco espacio… ¡es que no llegué a ver bien el espacio que había!
Me acomodaron en el lavabo. Pensé que era una buena señal, y que después de todo alguien habría libre para atenderme.
El lavabo… vamos a ver... cómodo lo que se dice cómodo... ya se sabe, el sillón suele estar inclinado hacia atrás para que puedas apoyar bien la cabeza, o sea la posición normal en la que uno está sentado era, cómo diría…, incómodo vaya.
Ya casi me había echado una siestecita cuando apareció muy atenta la peluquera preguntándome qué iba a hacerme. Yo, lo confieso, estaba confusa ¿para que voy a decir otra cosa? Ya se sabe que las peluquerías no hacen milagros, y yo sin duda, ¡necesitaba uno urgentemente! De nuevo me perdí en mi mar de explicaciones pero la chica sólo reaccionó cuando mencioné:
– y unas mechas, no quiero que me quede muy oscuro.
Aquello fue la palabra mágica, casi me sacó en volandas del asiento y me llevó, del mismo modo, o sea, en volandas, a la silla.
Mientras me situaba, en el pequeño espacio, ella resumió toda mi charla en unas pocas palabras
- un baño de color para oscurecer el conjunto y algunas mechas doradas
Yo había gastado muchas palabras para decir casi lo mismo, en fin, pero es vital que te entiendan, luego no coincide con lo que ellas hacen y te dicen tan ricamente – ah, como “usted” no me dijo nada (recalcan el “usted” a conciencia, te dan ganas de decir – eh, yogurín, que estoy muy contenta con mi edad... Pero mejor no entrar en eso) Así que me dejé llevar, qué remedio!! Si te pones en manos de alguien mejor será que te relajes y confíes en él
-¡por cierto! – añadí- no me dejes mucho tiempo el baño de color porque me pondrá el pelo negro.
Ella me miró muy sorprendida y con ojos muy abiertos (esto también es otro problemilla, lo de las creencias)
Mientras ella trabajaba, y más por entretenimiento… empecé a fijarme en el entorno. De entrada hay lugares que, en conjunto, ¡te echan para atrás! Estando allí, sentada como en las tronas que usan los niños (me di cuenta por cierto, que al igual que ellos yo balanceaba las piernas en el aire…) mis pies tropezaron con algo. Normalmente en las peluquerías tienen reposapiés, en mi caso es muy socorrido y pensé, aliviada, que lo había encontrado pero ante mi asombro ¡no era así! En mi sitio (en ese apartado que es dominio de quien está sentado allí) había una bolsa de deportes, enorme, abierta, y yo naturalmente ¡miré! Me sentía como quién ha encontrado un tesoro oculto, había toda la variedad imaginable de cepillos, desde térmicos a la más pura cerda de jabalí (no estoy insultando al jabalí). Miré con asombro alrededor... ¿quién se habría dejado allí eso? No podía ser de una clienta... ¡nadie llevaría una bolsa de deportes con semejante cantidad de cepillos a una peluquería, por muy aprensivo que fuera!
Comencé a entenderlo al poco tiempo mientras Zintia, mi peluquera, echaba la silla a un lado para hacerse sitio, y el ardiente aire del secador de la de al lado me abrasaba la cara... Como he dicho ya, había un problemilla grave de espacio.
Pude notar o apreciar que nuestra vecina-peluquera era algo picajosa, a cada movimiento de Zintia ella arremetía como para recuperar su espacio, mi peluquera hacia como que no lo veía… pero para mí estaba claro, la tal Vero (que así se llamaba) amenazaba con echarme del sitio... Entonces supe (sin lugar a dudas) que la susodicha Vero era acaparadora, y que al igual que a muchas peluqueras les gusta usar sus propias tijeras a Vero le gustaba usar sus propios cepillos (porque observé que en todo ese tiempo sólo se dedicaba a peinar)
Miré de nuevo el tesoro acumulado cerca de mis zapatos (textualmente pegando a la punta de mis pies) sintiendo una cálida simpatía por la paciencia y el buen hacer de mi peluquera, porque, pensé, debe ser incomodísimo trabajar con alguien tan raro... Así que me olvidé de Vero y seguí observando, total tampoco podía leer...
Bajo la pequeña encimera había muchos cajoncitos que, al menos en teoría, podrían usarse para esos fines... Los miré bien y sentí verdadera aprensión, estaban destartalados, casi caídos. En su origen debieron ser de un gris perlado pero se habían ido tiznando poco a poco hasta alcanzar una tonalidad de gris marengo más o menos... (¡no querría exagerar!) ¿No limpiaban nunca la peluquería...? y la neurosis aumentó, si nadie limpiaba la peluquería... ¿limpiaba alguien los cepillos que iban usando...? si lo que veía estaba en tan mal estado... ¿cómo sería la calidad de los productos que no veía?...
Intenté concentrarme en lo que a mí me interesaba, como quería dar otro aspecto al pelo pedí revistas de cortes, pero aquello fue realmente gracioso... ¡me las fueron trayendo!. Sí, fue exactamente así... me fueron llegando hojas sueltas y bastante troceadas, de las revistas que fueron en su día… por cierto, muy lejano.
Así que en realidad vi poco que me atrajera. Mi peluquera, solícita, me preguntó si había encontrado algo que me gustara y le dije que no, ella, enigmática, afirmó que no le extrañaba. No sé por qué lo dijo…
El aire del secador de “Vera” y mi solícita peluquera me llevaron al lavabo y ahora pude reparar en lo que antes no había visto. Todos los respaldos tenían un halo amarillento, vamos, para entendernos… como se queda un pantalón negro después de que le caiga lejía.
Por un instante pensé, inocentemente, que era una nueva moda (poco atractiva) pero después reparé en que esas manchas eran de diferentes tamaños en cada respaldo y siempre a continuación de la melena (cuando la hay) de la persona sentada en esa silla, en fin, no cabía duda, me había negado a creerlo, pero sí, aquello era desteñido puro y duro ¡ya lo creo!
Mi siempre atentísima Zintia me levantó del asiento de un empujoncito algo menos ligero de lo que debería y corriendo me puso un paño en la cabeza. Así, como se lee, paño, lienzo...en algunos lugares, sobre todo en hospitales, se denominan gasas (algo más basta y gruesa, pero el mismo género) Entendí su prisa después de encharcarme (¡si me lo hubiesen dicho me habría llevado la toalla de baño de mi casa!!)
Volví a mi asiento, cada vez más acongojada, mientras mis codos rozaban continuamente el trasero de una peluquera o de otra, mientras mis pies seguían bailando en el aire, porque mi asiento no paraba de moverse y apenas podía controlarlos... Cuando esto ocurría Zintia volvía a girar la silla con brusquedad, así que ¡demasiado pocas patadas di! ¡y porque una controla que si no...! Por lo demás la situación resultaba bastante cómica, ahora frente al espejo, ahora de cara a la puerta, como si estuviera espiando quién entraba y quien salía de la peluquería.
En un momento determinado, por alguna maniobra más brusca de lo normal, Zintia me empujó hacia el lado, la reacción de Vera, la quisquillosa, no se hizo esperar... y me encontré con mi asiento rozando el asiento de mi vecina, mientras nuestras respectivas peluqueras arremetían cada vez más nuestras sillas, y guardaban una distancia tensa y amenazante entre ellas...¡por un momento me imaginé dando puñetazos a la otra clienta (que en verdad no me había hecho nada, al menos no voluntariamente...) pero la pobre hacía como yo... intentar subir las piernas para eludir los inevitables rodillazos. Vamos, que me sentí como los gallos de pelea cuando no tienen ganas de pelear. Sin embargo, tales giros me sirvieron para recabar mayor información.
Al entrar en la peluquería te daban una bata de papel que extraían pulcramente de una bolsa, en teoría cerrada. Cuando la gente se iba y se quitaba la bata, la chica que me había atendido en primer lugar, recogía la bata y la echaba al suelo del armario, de cualquier forma. Pensé que era una manera incómoda de ir recogiendo... pero también supe después el por qué de esto...
Tras la confrontación peligrosa con la clienta de mi lado, las aguas parecieron volver a su cauce un momento y me vi otra vez en mi sitio... eso sí, con la bolsa de Vera y su valioso contenido a mis pies. Fue entonces cuando reparé en que todas las peluqueras tenían cerca de ellas una bolsa de deportes, o un maletín, las más sofisticadas.
Me di cuenta de que la tal Vera era poco estimada, la miraban mal, y sonreían a mi peluquera, Zintia, como diciendo…
– vaya paciencia que tienes...
La verdad es que Zintia parecía eso: pacífica por encima de todo. Cada vez que le pedía algo a Vera se lo pedía por favor, e inmediatamente le daba las gracias, como le ocurrió al pedir el secador (-sólo es para quitarle el agua – explicó) dándole las gracias incluso antes de tenerlo en la mano; de lo que deduje (porque en esto de deducir soy muy buena, la verdad) que el secador también era propiedad de Vero (trabajar allí era una forma “fina” de hacer pesas, teniendo que llevar todo eso encima…)
A partir de aquél momento algunas peluqueras según iban acabando se iban yendo. Parecían fantasmas, ahora las ves, luego no; de pronto iban arregladitas... y al instante desaparecían. Se iban así, sin más, sin comentarios ni despedidas, como clientas insatisfechas que deciden escapar antes de que sea tarde. Por lo demás, esto mejoró enormemente la situación, a menos gente más espacio.
Me cambiaron de sitio. Bueno, en realidad me cambiaron varias veces de sitio, al parecer Zintia iba colocándose cerca de las pertenencias de las otras, porque allí no parecía haber nada comunitario.
Para distraerme concentré (vale, bueno) “seguí concentrando” la atención en el entorno... Vi cómo del armario se recogían las batas que habían sido tiradas a un rincón y ¡se colgaban en perchas!, aunque eran de papel allí no se tiraba nada.
La “relaciones públicas” que me había atendido en primer lugar también era la encargada de cobrar, lavar cabezas y atender el teléfono, pero no tenía problema alguno, y el teléfono no rechistaba por tener una blanquita corona de espuma.
Francamente, me sentí como si estuviera en un pueblo perdido de la mano de Dios. Miré al suelo por no ver, pero vi otras cosas….¡montones de pelos!... no sólo los pelos que se caen buenamente cuando estás peinando, también otros... el batiburrillo de pelos que forman una pelota en el cepillo y que flotaban por el suelo como los pelusones que solemos ver en las películas del Oeste... El aire del secador de al lado no sólo me levantaba a mí mi babero sino los pelos caídos en cualquier parte y que amenazaban con subirse a mis pies (aunque lo tenían dificilísimo la verdad)
Volví a la chica de la caja. Su mueble no estaba mejor que el resto, cogido con celo como para sostenerlo mantenía sobre él un ordenador (una antigualla). No habría estado mal si no hubiese sabido (porque lo había oído) que estaba estropeado y no funcionaba.... así que no podían hacerte la ficha en condiciones...
Habían pasado ya unas tres horas, y francamente no encontraba nada que pudiera mirar, apenas podía concentrarme en la lectura, y estaba agotada. No podía dejar de pensar en todo tipo de bichito encantador que se paseara por allí a sus anchas, si así se le antojaba.
Cuando me miré en el espejo... estoicamente contuve un grito, el pelo estaba negro y, por cierto ¿dónde estaban las mechas? Cuando se lo comenté a la chica me dijo que – había un montón de mechas, pero había querido dar un tono más natural.
¡Y tanto! No había quien las encontrara.... Esto no era en absoluto lo que yo había pedido (¿o sí?) pero suponía un cambio de look al fin y al cabo. Lo bueno de los cambios es que nos permiten volver a lo de siempre pero pletóricas de felicidad.
Sí me extrañó mucho los pingajos que iban quedando después de pasar las tijeras... mechones cortos con otros mucho más largos…. ¡lo peor estaba por llegar!
Y llegó esa misma tarde en mi casa cuando intenté “peinarlo” yo!._
* “Elena Danegui” evidentemente no existe (si existe yo no la conozco) pero no he querido ofender la sensibilidad de nadie dando el nombre de la peluquería que, sin duda todas conocemos. Por cierto, el hecho (algo exageradillo quizás) es verídico.
Candi