martes, 10 de marzo de 2009

LA DUDA

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Como siempre, al acabar el trabajo, ya de noche en esta época del año, me gusta pasear por las apenas iluminadas calles de la ciudad. Hoy apenas se nota movimiento, únicamente me llegan los sonidos de algún que otro coche, el graznido de un cuervo, y la sirena de una ambulancia lejana.

Paso, como todas las noche, por el puente nuevo, y, como todas las noches desde hace ya unas semanas, un pequeño grupo de personas están asomándose a la barandilla, concentrando fuerzas para lanzarse al vacío. No son buenos tiempos.

Me paro un momento a contemplarlos, y observo como, uno a uno, se van animando. Finalmente, sólo queda, encaramada sobre la barra de hierro pintada de gris, una chica joven, de cerca de treinta años, dudando, temblando, llorosa. Me acerco lentamente a ella, por detrás, la agarro por los hombros, y, con un golpe seco, la llevo al lado correcto de la barandilla.

Sin pararme más tiempo, pero tan lentamente como llegué, paseando, prosigo mi camino, sin apenas pensar si mi intromisión ha sido adecuada, o quizá debería haberla dado algo más de tiempo para tomar su propia decision.

Picopato.

lunes, 9 de marzo de 2009

UN VIERNES CUALQUIERA

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Era viernes a última hora, simplemente un viernes más, sin nada especial que lo delatase.

Había pasado la tarde en casa, como todas las semanas, con mil obligaciones rondándome la cabeza y ninguna acción física para llevarlas a cabo. Incluso tenía en mente alguna no-obligación: llamadas pendientes, cosas personales que organizar... que tampoco quedarían concluidas en aquella ocasión.

Tenía clarísimo (cristalino, prístino a decir verdad) que el tiempo que hoy no invirtiese en mis obligaciones lo iba a pagar con el sudor de mi frente, lo iba a restar a mis horas de sueño, de ocio y de felicidad compartida, el último fin de semana, justo el anterior a ese mítico día en que tienes que presentar tu trabajo sin poder postergarlo ni un segundo más y resulta que te das cuenta de que tus cálculos temporales hacen aguas por todas partes; de pronto eres consciente de que necesitas 50 horas (y no 20, como intuías al principio) y solo te quedan 48… Sin embargo todo aquello parecía no importar en aquel preciso instante.

Fuera el aire aullaba mientras las gotas, como lanzadas por una fuerza superior, golpeaban los cristales de la habitación. No tenía intención alguna de salir de casa en un día tan desapacible y me disponía a continuar dilapidando, segundo a segundo, todas las preciosas horas que tenía por delante hasta que tú regresaras.

Un rato largo después, tras navegar por mis webs habituales, no supe qué más hacer (o más bien no quise hacer nada de lo que tenía pendiente) y decidí que quizás no era tan mala idea salir a dar una vuelta. Al fin y al cabo, la lluvia siempre me ha fascinado. Me gusta dejarme mojar por las gotas, aunque suelo hacerlo preferentemente durante el verano, cuando la agradable sensación de humedad te sirve además, como refresco natural.

Cerré la puerta tras de mí y salí del portal. No era verano y a aquellas horas de la tarde, el cielo encapotado contribuía a oscurecer aún más el ambiente. Por suerte las farolas de la calle ya estaban encendidas, de modo que, si bien la oscuridad lo impregnaba prácticamente todo, pequeñas islas de luz surgían cada pocos metros y me ayudaban a dirigir mis pasos.

Confieso que mi intención inicial era la de dar un rodeo por el barrio, desierto a causa del clima, y volver a casa para comprobar si esa improvisada terapia surtía el efecto deseado: conseguir centrarme y empezar a trabajar en lugar de perder todo mi tiempo disponible. No obstante, cuando empecé a caminar no supe pararme ni adopté un rumbo concreto, y cuando quise darme cuenta estaba empapada, calada hasta los huesos y a varios kilómetros de mi casa. Eran prácticamente las nueve de la noche y me sentí completamente perdida…

El otro día una periodista joven se acercó a mí y me preguntó cómo una persona podía terminar viviendo en la calle. También me preguntó si no echaba de menos la comodidad de un hogar, la alimentación, el abrigo… y me ofreció la posibilidad de “reinsertarme” en la sociedad… Yo me limité a sonreír y me di media vuelta…

¿Cómo le explicas a alguien que no hay ningún motivo? ¿Cómo le dices “Yo era como tú hasta que decidí no serlo”?

Lo único de lo que me arrepiento es de no haberte incluido en mi huida, de haber partido sin más… en todos estos años no he querido imaginar tu angustia… la tuya y la de todos los demás…
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Teresa Soto

viernes, 6 de marzo de 2009

UNA ANÉCDOTA

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Como su novio tiene que desplazarse unos días en viaje de trabajo, ella decide pasar el fin de semana en un balneario cercano y reunirse el domingo a la hora de la comida. Él celebra la idea: estupendo, te vendrá bien un poco de descanso, trabajas demasiado.

Llega al balneario el viernes por la tarde. Mientras le atienden en recepción, observa el sitio con ojo crítico. No está mal, aunque los empleados son un poco demasiado lentos. Impaciente, piensa que no hay razón para que tarden tanto en anotar sus datos y darle la llave, no es una tarea muy difícil, que digamos.

Para colmo, al llegar a la habitación, al maletero se le cae al suelo el neceser, cómo puede ser tan torpe. Responde fríamente a sus disculpas azoradas y apenas presta atención a sus explicaciones sobre el funcionamiento del aire acondicionado y las luces. El muchacho se despide con timidez y se queda un momento indeciso junto a la puerta, sin que ella se dé por aludida.

El incidente la deja malhumorada: la verdad, una viene a estos sitios para olvidarse de las tensiones del trabajo y, mira por dónde, acaba encontrando la misma ineptitud allá donde vaya, también es mala suerte. Las cosas mejoran cuando baja al restaurante y comprueba que la cena es excelente y el servicio aceptable, así que vuelve a su habitación casi reconciliada con el lugar.

A la mañana siguiente, se dirige a la piscina termal, dispuesta a matar el tiempo hasta la hora del masaje. Comprueba con disgusto que hay demasiada gente y decide entrar en la sala de relax. Afortunadamente, está vacía: se ve que todo el mundo prefiere chapotear en el agua. Mejor para ella. Deja a un lado el albornoz y se acomoda en una tumbona, dejándose llevar por la música chill out, un poco ridícula, es cierto, con tanto sonido de ola y tanto pajarillo, pero ideal para relajarse, con ayuda de la casi total oscuridad.

Un rato más tarde, casi dormida, escucha el sonido de la puerta al abrirse, seguido de unos pasos cautos. Piensa, confusamente, que es un fastidio que alguien venga a perturbar ese momento tan plácido. Mientras no le dé por hablar… Entonces, se da cuenta de que el recién llegado está junto a ella: puede oír su respiración muy cerca. Molesta, intenta decirle que se aparte, pero se lo impide una mano firme que se posa sobre su boca. Con docilidad, como en trance, se deja hacer, los ojos cerrados, mientras las manos desconocidas le quitan hábilmente el sujetador del bikini, y se apoderan de sus pechos, despertándolos. Las siente acariciar la curva suave de su vientre, las nalgas, bajarle la braga del bikini hasta los tobillos, subir luego por sus muslos y separarlos, para que los dedos puedan demorarse en los húmedos rincones de su sexo, deslizarse dentro de ella, que se abandona sin resistirse. Pero de pronto las manos rodean su cabeza y conducen su boca hacia una polla que no admite excusas. Entonces, ella se entrega del todo, con pasión y entusiasmo, adelantándose a los deseos que le insinúan apenas las manos sobre su nuca.

Cuando todo termina, ella intenta mirar, por primera vez, pero una mano le tapa los ojos y una voz imperativa le susurra al oído: “no mires”. Luego, siente las manos volviendo a su sitio la braga del bikini y después nada, sólo el sonido de la puerta al cerrarse. Se queda un rato sin moverse, mientras el canto de las olas y los querubines falsos sigue arrullándola. Casi diría que lo ha soñado, si no fuera porque el sujetador está junto a ella, en la tumbona. Entonces, cae plenamente en la cuenta de lo que ha pasado. Una ola de rubor le cubre el rostro. ¿Y si hubiera entrado alguien? Se coloca el sujetador deprisa, se pone el albornoz y sale, echando furtivas miradas a su alrededor. Nadie parece reparar en ella. Respira hondo, mira el reloj y comprueba que apenas ha pasado media hora.

Se pasa el resto del día buscando esas manos en los hombres con los que se cruza, sin encontrarlas. Tampoco las descubre en los masajistas, en su contacto tan profesional: imposible confundirlas. Aquéllas eran fuertes, firmes, pero tan suaves al tiempo… se estremece al recordarlo. Por la noche, sigue dando vueltas a lo ocurrido. Se duerme preguntándose quién será el dueño de esas manos, para despertarse al día siguiente con la certeza de que no lo sabrá nunca. Se encoge de hombros. Bueno, qué importa, al fin y al cabo, ha sido una anécdota, sin más.

Después de desayunar, llama a su novio y le asegura que está deseando verle, que el balneario no está mal, pero es un poco aburrido estar allí sola. Sí, enseguida irá a buscarle. Baja a recepción, paga la cuenta y pide que se ocupen de las maletas. Acude el mismo maletero del primer día. Cuando termina de colocar el equipaje, se queda junto al coche, las manos a la espalda. Ella busca sin mucho interés en el monedero y se vuelve al fin hacia él. “Lo siento”, le dice, “no tengo nada suelto”. “No se preocupe, señora, no es necesario”. Ella sube al coche sin mirarle y arranca. Él permanece todavía un momento en el mismo sitio, sin moverse. Luego, se encamina hacia el hotel, mientras murmura entre dientes: “ha sido un placer”.

Arturo Cañas

jueves, 5 de marzo de 2009

¡QUE SE CALLE, SEÑORA!

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-¡Y siempre me acuerdo de los cumpleaños de mis hermanos! ¡Y son siete, conste... Bueno, conmigo ocho!

Era imposible no oír la conversación que la mujer, sentada en los primeros asientos, mantenía con el conductor del autobús.

En aquel momento recordé la frase que mi hija, días antes, me había comentado cuando ambas, también en el autobús, escuchábamos atónitas:

-La pared del salón que da al jardín mide seis metros quince, pero, desde la esquina de la chimenea al ventanal hay tres sesenta, así que como la ventana es uno cincuenta, tres sesenta y uno cincuenta son cuatro setenta metros... Como ves, en esa otra esquina cabe justa, justa, la mesa del Ikea que le gusta al Pepe. ¿A que no queda bonito, Rosi?

Y sin dejar hablar a su interlocutora, ella misma respondía:

-No, no queda bonito, así que voy a hablar con él esta misma tarde y le voy a decir que de muebles de diseño ná, que lo mejor es lo clásico de toda la vida. Porque sí, porque viste más y hay medidas de todas clases. Que a estos vikingos hay que comprarles lo que ellos disponen y ná más.

¡Que a mi madre, Rosi, todavía le duran los muebles de Valverde del Camino!

En aquel momento mi hija y yo nos miramos y, acercándose a mí, me dijo con un tono de voz susurrante:

-Lo mejor en estos casos es el ‘emepetres’, mamá. Lástima que me lo dejé en casa.

Y era cierto. Mi hija llevaba razón: lo mejor para lo que se avecinaba con la señora de los tantísimos cumpleaños iba a ser el ‘emepetres’. Bueno, en mi caso la radio con auriculares pero... ¡lástima, me la había dejado en casa!

-Que soy la primera que, cuando llega el día, los llamo por la mañana temprano. Vamos, que en los cincuenta y dos años que tengo de vida, jamás he olvidao un cumpleaños de ninguno; ni de las mujeres ni de los maríos.
Me disponía a sacar el libro que llevaba en el bolso cuando pensé que mejor no lo hacía porque de nada me iba a servir con aquel torrente de voz martilleándome los oídos.

-De los niños ya no, porque... ¡son tantos!- Y seguía...

-Menos de las cármenes, que de esas de todas me acuerdo.... Que hay unas pocas en las niñas, no te creas, por aquello de que se llaman como la abuela... Ya sabes, mi madre. Y mi hermana la mayor, que también se llama Carmen- Y continuaba con un tono que a mí me parecía cada vez más estridente.

-Pues, verás, te voy a decir cuántas hay: primero mi Carmen, la que te he dicho que es la mayor, y su hija; mi Elo tiene a la hija y a la nieta,... ¡más bonita!; mi Serafín tiene otra pero está en Australia, que hay que ver lo lejos que se ha ido la niña con lo bien que se vive aquí, y mi Patro que tiene otra. ¡Ah, y la mía! ¿Siete, no?.... ¡Ah! Y mi madre - Y seguía...

-Así que, fíjate tú, cómo se celebra el día del Carmen en mi casa. ¡Vamos, por tó lo alto!

-¿Y de mi padre? ¿De mi padre me voy a olvidar yo con lo viejito que está ya el pobre? Ochenta y ocho ha cumplío hace un mes, el veinticuatro de enero, San Francisco de Sales, y está mú girocho, gracias a Dios. Tiene una cosa mala en el vientre ¿sabes?, pero no lo han querío tocar. Y yo lo veo bien. Irá p’abajo pero, total, al pobre, de todas formas es lo que le queda.

-¡Ay!- Suspiró larga y profundamente - ¡La vida, hijo, la vida!

El suspiro de la mujer y la momentánea parada del autobús produjo un instante de silencio, durante el cual mis ojos repararon en el minúsculo cartel blanco con letras en negro que decía “Prohibido hablar con el conductor” y que estaba colgado del enorme parabrisas del vehículo. “¡Ojala fuera de neón!”, pensé.

Un joven alto con abrigo largo, de aspecto anglosajón y con una enorme maleta de color negro, subió al autobús. Tras preguntar al conductor algo inaudible, se metió la mano en el bolsillo del pantalón, le dio unas monedas y sacó el billete de la máquina expendedora. Cuando se dispuso a sentarse, se oyó aquella voz ya conocida que entre risas le decía:

-Hijo, te lo tengo que preguntar: ¿Te habrás ido de casa pá siempre, no? Porque... ¡vaya maletón que llevas! Como cuando mi hermano, el cuarto, el que me sigue a mí,...

Ya no pude más.

Me levanté de un salto y deseando que el conductor no cerrara la puerta trasera, bajé corriendo del vehículo. Respiré profundamente, puse atención y escuché el ruido que producía la ciudad con su ajetreo habitual.

Automóviles circulando en todas direcciones, semáforos acústicos, sirenas de ambulancias e incluso el llanto de un bebé que iba en brazos de su madre, provocaron en mí un enorme sosiego.

Y así, envuelta en los sones de mi ciudad, continué feliz caminando hacia mi destino.

Narrador vital