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Aquella mañana, cuando llegó a abrir su perfumería, encontró el escaparate tapado por una fea capa de carteles publicitarios.
Renegando, abrió la puerta, llenó un cubo de agua, buscó algo para raspar, arrancó los carteles renegando y, renegando, dejó los cristales limpios y relucientes. Seguro que habían sido esos emigrantes, que trabajan por cuatro perras en lo que sea y hacen las cosas de cualquier manera. Luego, tiró el agua sucia y se sentó tras el mostrador, rodeada de colonias, jabones, clips para el pelo, espumas de afeitar, cepillos, pasadores y todo tipo de fruslerías, dispuesta a atender a la clientela. No era un gran esfuerzo, compuesta como estaba por unas pocas señoras mayores que llevaban comprándole peines desde que se estableció en el barrio, de esto hacía casi treinta años, y que le daban conversación, si no grandes beneficios. A las siete, como todas las tardes, echó el cierre y se marchó a su casa. Para entonces, casi había olvidado el incidente de los carteles.
Pero al día siguiente volvió a recordarlo. Porque alguien había vuelto a empapelarle el escaparate. ¿Cómo era posible? Con meticuloso rencor, volvió a dejarlo todo limpio, sin rastro de papel ni cola de pegar. Después, como todos los días, se dispuso a atender a sus pocas y fieles clientas.
El siguiente día se repitió el disgusto y la limpieza. Como si ella, a su edad, tuviera energías y fuerzas para hacer semejante trabajo, qué vergüenza, tener tan poca consideración con una señora, a ver si no podían irse con sus cartelitos a otro lado. Lo mismo sucedió el día siguiente, y el otro, y el otro. Al principio, trató de averiguar quién le tapaba el escaparate, pero, aunque había madrugado, aunque había sacrificado alguna hora de sueño para acercarse por la noche para pillarlo con las manos en la masa, nunca había conseguido ver a nadie. Lo comentó con sus viejas parroquianas, pero ellas apenas le contestaron con alguna frase hecha sobre lo mal que estaba todo en estos días, o hablando de los muchos dolores de que disfrutaban o de lo mal que educaban sus nueras a los niños. Así que acabó dándose por vencida y pasó a considerar la limpieza diaria una rutina molesta.
Lo malo es que la capa de carteles cada vez parecía más espesa y era más difícil de arrancar. No se explicaba por qué, pero eran carteles amarillentos, que desprendían polvo sólo con tocarlos, parecían cada vez más viejos. ¿Quién podía ser el perturbado que se entretenía en pegar carteles que se caían a pedazos? Así, cada día se sentía más cansada cuando se sentaba, al fin, frente al mostrador, rodeada de sus mercancías de toda la vida. Para peor, cada vez le costaba más abrir la cerradura de la puerta. Debía ser por el cansancio, claro, dormía mal, el trabajo extra con los carteles cada vez le quitaba más energía, ella ya no estaba para esos trotes.
Hasta que una mañana, la cerradura se negó en redondo a todos sus esfuerzos. La llave no giraba, y los dedos se le quedaron manchados de óxido cuando forcejeó con ella. ¿Qué hacer? Miro a su alrededor, desorientada, reparando más que nunca en la sucia capa de carteles con que, como todos los días, le habían tapado el escaparate. Al fin, se atrevió a dirigirse a un muchacho, pidiéndole que le ayudara a abrir, anda, hijo, se ve que yo no tengo fuerza. Él la miró extrañado, y ante su insistencia intentó una excusa que ella no llegó a comprender. Siguió porfiando hasta que el muchacho tomó la llave y la introdujo con dificultad en la cerradura. Le costó un rato de esfuerzo y sudores, pero, al fin, consiguió entreabrir la puerta. Le devolvió la llave con una amplia sonrisa de triunfo: ya está, señora, pero vaya si me ha costado, claro, ya se ve que llevaba mucho tiempo sin abrirse. Ella se puso a rebuscar unas monedas en el bolso, que él rechazó con un gesto amable, no ha sido nada, señora, mientras se marchaba calle abajo. Empujó entonces la puerta, que aún se resistió un poco a sus esfuerzos antes de ceder, con un ruido desencajado.
Miró, sin comprender, el oscuro interior, poblado tan sólo por algunos folletos de propaganda amontonados contra la puerta y por el polvo, años de polvo y telarañas. Tirada en un rincón, la silla rota y al fondo el mostrador, ya más astillas que otra cosa, con el cristal rajado y un par de viejos peines olvidados por el tiempo.
Madelin Usher
miércoles, 11 de marzo de 2009
EL PASO DEL TIEMPO
martes, 10 de marzo de 2009
METAFÍSICA DE LOS NÚMEROS
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Uno…, dos, tres…, cuatro…
Al salir de su escondite por fin, la brisa agitó con fuerza sus cabellos, los mecía en bellos pero macabros devaneos que le hacían recordar su esencia de juguete.
Dos por dos, cuatro; dos por tres, seis.
Su vecina de pupitre comía cáscaras de naranja, las chulitas de la clase hablaban de peinados y ropa nueva, y los niños enseñaban su cosita a quien quisiera verla. Pero Sofía prefería estar sola, soñar con lápices voladores para levitar al ras de los tejados de casas de chocolate. Cuando llegaba a casa subía rápido la escalera de su alta litera, pensando que llegaba hasta las estrellas, y observaba desde allí los ojos tristes de su madre, que -jamás supo por qué- siempre lloraba.
Trece.
Tengo trece años, pero estoy enamorada de ti.
Aquel verano, después de toda una vida de miradas furtivas desde la ventana, confesó su amor a su vecino de enfrente. Cogió uno de sus juegos de papel de cartas, el de olor a manzana decorado con macetas, y escribió decidida algo que no debía seguir guardado por más tiempo:
Cuando paso por tu lado, se me ilumina la cara. He soñado contigo ya diez veces, y en todos los sueños apareces como un ángel. No sé si te habrás fijado en mí, a veces me paso la tarde mirándote jugar al baloncesto mientras escucho música en mi mp3, pero nunca me has dicho nada. Sé que tienes 22 años. Yo tengo trece. Tengo trece años, pero estoy enamorada de ti.
Si quieres contestarme, mi dirección de Messenger es:
minombrextunombre@hotmail.com
Seis, cinco, cuatro, tres…, dos, uno…
¡¿Puedo abrir ya los ojos?! Su vecino le había preparado un encuentro sorpresa. Su casa se quedaba sola, y después de haber hablado varias semanas por el Messenger, había llegado el momento de compartir su amor en persona. Sofía no entendía por qué no habían ido antes a la heladería, o al parque, pero él le explicaba que así era más emocionante, algo que en realidad le daba un toque mágico a su historia.
Cogidos de la mano, empezaron a ver su primera película juntos. Los besos, caricias y gemidos en la pantalla, empezaban a resultar incómodos, pero Sofía quería parecerle a su amor una chica mayor, interesante. Y las chicas mayores e interesantes no se ruborizaban por escenas de sexo.
«Creo que todas las mujeres deberían probar el sexo con otras mujeres, al fin y al cabo, entre nosotras nos entendemos mejor». Las conversaciones de su hermana mayor le servían para hacerse la madura delante de su vecino que, ya bizco, le acariciaba la cara adulándola por su bonito físico: «Te deseo, Sofía».
Diez o doce.
Sí, creo que me habré enrollado ya con diez o doce chicos. ¿Y tú, Sofía?
Sus amigas se burlaban maliciosas, porque a sus diecisiete años nunca la habían visto con un chico. Nadie sabía que, en realidad, ella era la chica más atrevida del instituto, ya que tenía una historia secreta con un chico mucho mayor, y había perdido la virginidad incluso antes de tener la regla.
Su historia –pensaba- era la mejor. Aunque siempre se vieran a escondidas, aunque él siempre bromeara con que podían meterlo en la cárcel -algo que a Sofía le daba mucha risa-. Aunque nunca la hubiera llevado a bailar o a cenar, aunque nunca hubieran paseado cogidos de la mano. Aunque él tuviera una novia oficial de su edad -que dejaría en cuanto Sofía cumpliese los dieciocho-. Aunque siempre estuviera sola.
Sofía se consolaba con que, a su lado, se sentía muy especial. «Qué inteligente eres para tu edad», le decía siempre su vecino, y qué comprensiva. Tenían conversaciones de existencialismo y de sexo, en las que se sentía orgulloso de ella por aceptar que las cosas no son fáciles, ni simples; por seguir con madurez sus juegos de mayores. Conversaciones en las que la ingenuidad de Sofía moría cada día un poco más, disfrazada de snobismo y necesidad de ser amada por alguien.
Uno, dos, tres, cuatro…
¡¿Ya?!.
Sofía se sentía especialmente sola aquella noche, y había salido a pasear atraída por el extraño influjo de la luna llena. Al acercarse al sitio especial donde se reunía con su vecino, vio cómo una chica del barrio, de unos trece años, estaba sentada junto a él; tenía los ojos cerrados esperando a que el chico le enseñara el regalito que le había traído para celebrar su primer encuentro especial a solas.
Agnés
LA DUDA
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Como siempre, al acabar el trabajo, ya de noche en esta época del año, me gusta pasear por las apenas iluminadas calles de la ciudad. Hoy apenas se nota movimiento, únicamente me llegan los sonidos de algún que otro coche, el graznido de un cuervo, y la sirena de una ambulancia lejana.
Paso, como todas las noche, por el puente nuevo, y, como todas las noches desde hace ya unas semanas, un pequeño grupo de personas están asomándose a la barandilla, concentrando fuerzas para lanzarse al vacío. No son buenos tiempos.
Me paro un momento a contemplarlos, y observo como, uno a uno, se van animando. Finalmente, sólo queda, encaramada sobre la barra de hierro pintada de gris, una chica joven, de cerca de treinta años, dudando, temblando, llorosa. Me acerco lentamente a ella, por detrás, la agarro por los hombros, y, con un golpe seco, la llevo al lado correcto de la barandilla.
Sin pararme más tiempo, pero tan lentamente como llegué, paseando, prosigo mi camino, sin apenas pensar si mi intromisión ha sido adecuada, o quizá debería haberla dado algo más de tiempo para tomar su propia decision.
Picopato.
lunes, 9 de marzo de 2009
UN VIERNES CUALQUIERA
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Era viernes a última hora, simplemente un viernes más, sin nada especial que lo delatase.
Había pasado la tarde en casa, como todas las semanas, con mil obligaciones rondándome la cabeza y ninguna acción física para llevarlas a cabo. Incluso tenía en mente alguna no-obligación: llamadas pendientes, cosas personales que organizar... que tampoco quedarían concluidas en aquella ocasión.
Tenía clarísimo (cristalino, prístino a decir verdad) que el tiempo que hoy no invirtiese en mis obligaciones lo iba a pagar con el sudor de mi frente, lo iba a restar a mis horas de sueño, de ocio y de felicidad compartida, el último fin de semana, justo el anterior a ese mítico día en que tienes que presentar tu trabajo sin poder postergarlo ni un segundo más y resulta que te das cuenta de que tus cálculos temporales hacen aguas por todas partes; de pronto eres consciente de que necesitas 50 horas (y no 20, como intuías al principio) y solo te quedan 48… Sin embargo todo aquello parecía no importar en aquel preciso instante.
Fuera el aire aullaba mientras las gotas, como lanzadas por una fuerza superior, golpeaban los cristales de la habitación. No tenía intención alguna de salir de casa en un día tan desapacible y me disponía a continuar dilapidando, segundo a segundo, todas las preciosas horas que tenía por delante hasta que tú regresaras.
Un rato largo después, tras navegar por mis webs habituales, no supe qué más hacer (o más bien no quise hacer nada de lo que tenía pendiente) y decidí que quizás no era tan mala idea salir a dar una vuelta. Al fin y al cabo, la lluvia siempre me ha fascinado. Me gusta dejarme mojar por las gotas, aunque suelo hacerlo preferentemente durante el verano, cuando la agradable sensación de humedad te sirve además, como refresco natural.
Cerré la puerta tras de mí y salí del portal. No era verano y a aquellas horas de la tarde, el cielo encapotado contribuía a oscurecer aún más el ambiente. Por suerte las farolas de la calle ya estaban encendidas, de modo que, si bien la oscuridad lo impregnaba prácticamente todo, pequeñas islas de luz surgían cada pocos metros y me ayudaban a dirigir mis pasos.
Confieso que mi intención inicial era la de dar un rodeo por el barrio, desierto a causa del clima, y volver a casa para comprobar si esa improvisada terapia surtía el efecto deseado: conseguir centrarme y empezar a trabajar en lugar de perder todo mi tiempo disponible. No obstante, cuando empecé a caminar no supe pararme ni adopté un rumbo concreto, y cuando quise darme cuenta estaba empapada, calada hasta los huesos y a varios kilómetros de mi casa. Eran prácticamente las nueve de la noche y me sentí completamente perdida…
El otro día una periodista joven se acercó a mí y me preguntó cómo una persona podía terminar viviendo en la calle. También me preguntó si no echaba de menos la comodidad de un hogar, la alimentación, el abrigo… y me ofreció la posibilidad de “reinsertarme” en la sociedad… Yo me limité a sonreír y me di media vuelta…
¿Cómo le explicas a alguien que no hay ningún motivo? ¿Cómo le dices “Yo era como tú hasta que decidí no serlo”?
Lo único de lo que me arrepiento es de no haberte incluido en mi huida, de haber partido sin más… en todos estos años no he querido imaginar tu angustia… la tuya y la de todos los demás…
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Teresa Soto