El otro día leí una de esas noticias que te rompe el corazón. Ya sólo el titular es triste. Y al profundizar en el texto completo, dan ganas de llorar, de clamar al cielo, de hacer las maletas y marcharse de este mundo de injusticias y pesares.
Te preguntas cómo es posible que se sigan permitiendo este tipo de comportamientos. Si de verdad sirve de algo tener una declaración de los derechos humanos firmada por 48 países. Por qué se tapan los ojos los grandes poderes, los altos tribunales, los responsables religiosos, incluso una gran parte de la sociedad.
En fin, que he perdido la fe en la humanidad. No tengo esperanzas en el futuro. La degradación no tiene límites, y poco o nada puede hacer una persona para evitarla.
Me voy a llorar mis penas.
Ah, se me olvidaba. La noticia.
A partir de ahora, Sharapova llevará pantalones en los partidos. Mundo cruel.
sábado, 5 de julio de 2008
Malas noticias
jueves, 26 de junio de 2008
QUIEN BUSCA, HALLA
Siempre le habían llamado la atención esas personas que se dedican a registrar las papeleras. Personas mayores, en su mayoría, que se afanaban durante largo rato escarbando en su interior, la cabeza casi dentro. Qué absurdo. Lo más curioso del caso es que siempre acababan enderezándose con un gesto satisfecho, con algo entre las manos que se llevaban como un tesoro, y que ella nunca conseguía ver.
Pero aquel día recordó la historia de un tipo que encontró un décimo de lotería premiado rebuscando en una papelera. Una leyenda urbana, lo más seguro. Aunque, quien sabe... Se quedó mirando la papelera que tenía enfrente. Dio dos pasos y retrocedió. Menuda tontería, ¿qué podía haber allí dentro que fuera útil, o interesante? Por otra parte, tampoco se perdía nada por probar suerte.
Echó un vistazo furtivo a su alrededor. No había nadie cerca. Volvió a avanzar y, lentamente, introdujo la mano por la boca de la papelera.
El alarido espantó a las palomas que merodeaban. Sacó la mano de un tirón y corrió, corrió hasta que no pudo más.
Nunca olvidaría el tacto frío y viscoso de los dedos que habían estrechado los suyos.
Maite Capón (Caracol-Osvaldo)
sábado, 21 de junio de 2008
Noche de Sant Jordi
Día 23 de abril. Ha quedado con Laura en la Gran Vía a las ocho de la tarde, y le lleva una rosa. ¿Qué le regalará ella? ¿Tal vez el último de Jordi Sierra i Fabra?
Qué raro, son las ocho y cuarto y todavía no ha llegado. No es propio de ella. ¿Tal vez el último de Zafón?
Le llama al móvil a y media. “Apagado o fuera de cobertura”. Se habrá retrasado y estará en el metro. ¿Igual un cómic de Superlópez?
A las nueve vuelve a llamar. Nada. Ya preocupado, llama a su casa. Contesta su madre, que no sabe nada, que salió de casa a la tarde.
Cerca de las nueve y media, cuando ya se iba a marchar, recibe una llamada de la madre de Laura. Toda llorosa, le cuenta que ha tenido un accidente... La noche de Sant Jordi la pasarán en el hospital.
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Luiszama. Presentado al concurso de microrrelatos de la FNAC con poco éxito.
miércoles, 11 de junio de 2008
Animación suspendida (III y última)
Bueno, por fin terminé con la historia, esta parte es la más cortita. Podéis leer los dos primeros fragmentos aquí y aquí.
Animación suspendida
Evasión y catarsis
>Travestismo imaginario: saliendo del armario en ropa ajena
>Liberación a lomos de un troyano
No esperaba que viniera y ahora se ha marchado. Algo que dije, algún recuerdo desagradable de otros tiempos, una súbita toma de conciencia; tal vez mencionarle a sus padres fue mala idea.
Me preocupa absurdamente ver los segundos discurrir en oleadas, desentumeciéndose. A fin de cuentas nada ha cambiado. Pero todo es diferente.
Semesegirl, aún perpleja pero al fin móvil, me devuelve a la realidad:
-¿Luis?,¡Luis!, mierda, se cortó....- Llama otra vez
...tuu, tuu, tuu
-¿Mira?... me ha colgado. ¡Será capullo!-
Teclea un mensaje a la velocidad del rayo, me planteo pedirle clases de mecanografía. -Mensaje enviado- parece satisfecha, pero al instante la sonrisa se desvanece, cercenada por algún pensamiento incómodo, como aquella vez que, en un arrebato de justicia social, arranqué la estrella de un Mercedes para usarla de llavero. Cada vez que la miro, me recuerda que nunca tendré uno. Seguro que con la misma cara de gilipollas.
Ella mira su reloj, sacude la cabeza y se va.
La marcha de mi involuntaria cómplice me entristece. Sigo con mis apuntes, pero en el fondo no dejo de darle vueltas a nuestro encuentro.
Intento evocar los viejos tiempos, los buenos, la locura... es verdad que las pasamos canutas, que no llegábamos ni a día 10, comiendo arroz y pasta, discutiendo idioteces en plan profundo, suspendiendo todas, cierto que, día sí, día también, me levantaba pensando: oh dios mío, que he hecho..., que no aprendí más inglés que fucking bastard y todos sus derivados... pero fue divertido. Allí nos conocimos, avanzando a un ralentí vertiginoso; estábamos vivos; éramos simples, inconscientes y felices... Sonrío.
Fue en un after hispano, cutre y poco recomendable, la música daba grima y nuestra sangre se diluía por momentos en aquel garrafón asqueroso a precio de oro. Llevábamos un tiempo liados entre infinitas resacas, acercándonos a ese peligroso punto en el que, o se aclaran las cosas, o alguien sale malparado. Yo trataba de mantener mi triste equilibrio etílico y tu cara iniciaba un desfile gestual culminado en una pose grave, intensa, como de actor inspirado a punto de recitar Ricardo III. Estabas tan grotesco y fuera de lugar con esa pinta que no pude contenerme: Reí, reí hasta llorar, reí hasta que todo, tú y yo, copas y sillas, caímos de narices contra el suelo. Todo el club nos miraba.
Entonces, cogiéndome las manos, me ayudaste a levantarme. Yo estaba muerta de vergüenza y tú, muy serio, dijiste:
Eres la única persona que importa; para mí, sólo tú existes.
Ahora lo recuerdo.
También entonces el mundo se detuvo.
Patricia Martín.
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