jueves, 28 de febrero de 2008

Paisaje inútil por Unión de Paisajistas del Mediterráneo

Decimocuarto relato recibido

Título: Paisaje inútil
Autor: Unión de Paisajistas del Mediterráneo

PAISAJE INÚTIL


Mira la luna

y mira al mar

y huele la brisa

que trae olor a pinos.


Mira esa luna triste,

oscura, sucia, con sangre.

Mira cómo cae su luz mugrienta

Sobre la tierra silente.

Mira al mar aceitoso

Cómo arrastra cuerpos muertos,

Cómo corroe las rocas que roza

Agotado, agonizante.

Huele esa brisa infecta

Que trae olor a cadáver,

Hedor de malaria y muerte

Amarilla, podrida, extraña.

Y mira los pinos blancos,

Esqueléticos, desnudos,

Con sus hojas mortecinas

Como una lluvia de agujas

Oxidadas, parduscas, enfermas.


Mira todo y entenderás

Que el paisaje de tus fotos

Se ha perdido, ya no existe.

Un instante lo arrasó,

Implacable como el tiempo,

Severo como la muerte.


E inútil

Como las fotos

Que adornaban

Tu salita

miércoles, 27 de febrero de 2008

Una pequeña historia por Enywen

Décimotercer relato recibido

Título: Una pequeña historia
Autor: Enywen

Una pequeña historia


En medio de la ciudad hay una casita. Pequeña, de tres pisos. Encerrada entre dos grandes y altos edificios de oficinas y frente a una gran avenida. Conserva el aroma de tiempos ya pasados y eras que ya no volverían, de recuerdos y sucesos que perdidos en la memoria se encuentran.
En medio de la ciudad se encuentra una pequeña casita. En la parte de atrás un cuidado jardincillo, en la de delante una tintineante bombilla. La puerta está pintada de blanco, de azul el ladrillo. A través de los marcos de las ventanas se ven bordadas cortinas.
En medio de la ciudad hay una casita, en ella se oyen continuos maullidos. No hay uno, ni dos, ni tres gatos. Hay cien, ni uno más ni uno menos. Blancos, negros y grises. Anaranjados y atigresados. De mil colores y combinaciones. Aunque pueda parecer increíble, no hay dos iguales.
En medio de la ciudad hay una pequeña casita. En ella vive una mujer mayor con gran compañía. En la parte de arriba se encuentran las hembras, en la de en medio los machos, ella en la de más abajo. Cuando es la hora de la comida todos se reúnen en la cocina. La mujer no tiene que llamarles: con un leve silbido los cien mininos van a su lado. Ella les contempla con gran alegría.
En medio de la ciudad vive una anciana con cien gatos de compañía. Pero ella no es la dueña de la vivienda: son los mininos los amos. Mientras sean cien, ni uno más ni uno menos, la casita será suya. Ellos van, ellos vienen y, aunque el tiempo pase y no se detenga, ellos siempre son los mismos.
En medio de la ciudad hay una casita donde habitan cien gatos y una mujer de gran edad. Pero hoy no es un día como los demás, hoy la mujer les ha mirado de forma extraña mientras les observaba comer. Ellos, los gatos, lo han notado puesto que todas las cabezas y colas han levantado expectantes. En sus ojos se podía adivinar una escondida emoción. Ven a la mujer llevarse las manos al pecho tras un leve gesto de despedida. Mañana se dirá en el cementerio que nunca se habían visto tantos gatos reunidos alrededor de una tumba. Mañana se dirá que en la ciudad nunca se habían escuchado tantos lamentos nocturnos.
Al medio de la ciudad ha llegado una joven con un embarazo avanzado. Se encuentra frente a una pequeña casita. En sus manos se encuentra una carta escrita con manos temblorosas de una anciana. Alza la mano para llamar a la puerta pero ésta se encuentra entreabierta. Da un paso adelante y un gato se le acerca. Ella se agacha y le acaricia. Después de él viene el resto.
En medio de la ciudad hay una casita. Pequeña, de tres pisos. Encerrada entre dos grandes y altos edificios de oficinas y frente a una gran avenida. Conserva el aroma de tiempos ya pasados, eras que ya no volverían, de recuerdos y sucesos que perdidos en la memoria se encuentran y, también ahora, de un futuro que ahora se acerca.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Después de tanto tiempo por Andrea Medrano

Duodécimo relato recibido

Título: Después de tanto tiempo
Autor: Andrea Medrano


DESPUÉS DE TANTO TIEMPO


Después de tanto tiempo, no esperaba volver a tener noticias tuyas. Es más, me sorprende que aún tengas mi número de teléfono en tu móvil, después de tanto tiempo.


Después de tanto tiempo, no imaginaba que me volviesen a temblar las rodillas ante la perspectiva de volver a encontrarme contigo; y es que terminamos tan mal que siempre pensé que nunca iba a saber nada más de ti, al menos, esa era mi intención.


Pero hoy, después de tanto tiempo, casi me atraganto con el sándwich del almuerzo cuando, al oír sonar el móvil, que siempre dejo en el primer cajón de la mesa del despacho, he visto tu número, sí ése que borré en seguida pero que aún sé de memoria después de tanto tiempo.


Tras colgar, me quedo un rato mirando al vacío mientras pienso “¿a qué viene esta llamada?, “¿por qué a mí precisamente?”, “despierta, Andrea, seguramente tu nombre sea el primero que aparezca en la agenda”. Claro, que si aún no me has borrado, igual todavía sigo apareciendo como “amor mío”, después de tanto tiempo.

El caso es que decido ir a verte -después de tanto tiempo, aún soy incapaz de negarte nada- por lo que cojo el abrigo y el bolso, cierro el despacho y dejo recado a la telefonista de que me ausentaré durante el resto de la mañana.


Entro en el coche y, mientras arranco, pienso en cómo llegar al lugar en el que me estás esperando. Está en la otra punta de la ciudad y el tráfico, a estas horas, está imposible. En fin, ya llegaré; no creo que te importe que, por una vez, después de tanto tiempo, seas tú quien me tenga que esperar. Siempre he sido yo quien, por tu eterna manía de quedar siempre lejos de mi casa o de mi trabajo, tenía que salir una hora antes para, al final, tener que pasar un buen rato esperándote. Supongo que mi afición a la lectura viene de entonces.


Entre semáforos en rojo, frenazos, acelerones, pitidos de conductores histéricos y gritos de peatones estresados, voy recorriendo la distancia que nos separa. Después de tanto tiempo, no había vuelto a pensar más de un segundo en ti y, es en este preciso instante, cuando me vienen a la cabeza esos pequeños detalles que la mente guarda sin saber por qué, como esos tesoros que, de niña, se guardan en una caja de galletas: tu forma de liar los cigarrillos, tu cara de asco en la primera vez que te llevé a comer sushi, la manta de cuadros donde duerme tu perro, la entrada del concierto de Héroes del Silencio que sigue clavada en el mismo corcho donde tienes la lista de la compra, los teléfonos de la pizzería y del veterinario, la postal que te mandé cuando estuve de congreso en Amsterdam y la foto que nos hicimos en Montmartre; el disco de The Cure que me regalaste y que no he vuelto a escuchar desde que rompimos, el cenicero que mangamos en aquel bar después de aquel Barça-Madrid en el que le tiraron una cabeza de cerdo a Figo, el atracón de ensaimadas que nos dimos en Ferreries…


Recuerdo a recuerdo, he llegado al lugar de nuestra cita. Aparco como puedo y pregunto por ti. Como es costumbre ahora al entrar en un centro oficial, enseño el carné y paso el bolso por el escáner. Un amable señor me presenta a un compañero suyo y se ofrecen a acompañarme a donde tú estás.


De repente, te veo allí –no por haberlo esperado me impresiona menos- y no sé que decirte. La verdad es que, después de tanto tiempo, tienes mejor aspecto de lo que yo pensaba, pero no me atrevo a acercarme más, ni mucho menos a tocarte.


No esperaba que, después de tanto tiempo, pudiese llegar a emocionarme hasta las lágrimas tal y como me está pasando. Pero aguanto el tipo, ahora sé que éste va a ser de verdad nuestro último encuentro y no voy a volver a llorar delante de ti.


Inspiro hondo y, al exhalar, escucho la voz del amable señor que me ha acompañado hasta aquí:


—Y bien, señora Medrano: ¿reconoce este cadáver como el de Elena Marco Cardiel?


—Sí –respondo- es ella.

martes, 19 de febrero de 2008

La estupidez insiste siempre por Justicia muda

Undécimo relato recibido
Título: La estupidez insiste siempre
Autor: Justicia muda


La estupidez insiste siempre
(Albert Camus)


Escupió a su lado pero el chico no levantó la vista del suelo. Mordió el bocadillo con fuerza. El otro se le acercó, se oyó el murmullo de los compañeros.

- Eh, tú, negro. Te estoy hablando a ti.

Jim temblaba por dentro. Estaba harto, harto de su miedo, harto de no poder reaccionar, harto de las palabras que le escupían. De repente, sintió la rabia mezclada con la pérdida del equilibrio. Cayó al suelo, golpeándose la cabeza.

Los murmullos se convirtieron en carcajadas, el pequeño matón se había convertido en un héroe, a los ojos del perdedor. Tras otra frase despectiva, se marchó, con aire triunfal. Jim se quedó paralizado unos segundos y, acto seguido, se enderezó. La gente del alrededor del patio, que había presenciado la disputa, ahora miraba para otro lado. Sucio y humillado, comprobó como la camiseta se le había llenado de pringosa mantequilla. Pero no tenía importancia, su orgullo herido palpitaba más fuerte.

Al llegar a casa no dijo nada, su madre se limitó a suspirar sin más, pidiéndole que fregase los platos mientras ella ponía la lavadora. Mientras frotaba, bajo el chorro de agua, pensó en Carlos. Pensó en lo mucho que lo odiaba. Respiró su odio. Carlos no dejaba de acosarlo; en los pasillos aprovechaba cualquier encuentro para empujarlo, cualquier descuido para insultarlo, si le veía no dudaba en ridiculizarle. Fuera, en el barrio, era mejor no encontrarle con su grupo.

Cada vez odiaba más el colegio, el barrio, su vida. Cada vez más.

El día siguiente no fue mejor al anterior, ni el que le siguió, ni el otro. Jim era un buen estudiante, no le costaba demasiado estudiar y tampoco le disgustaba. Pero cada vez lo detestaba más, las mañanas eran interminables, las seis horas eternas. Su curiosidad se disipaba dejando paso al miedo, a la tensión de encontrar a Carlos y estar solo, y agachar como siempre la cabza, y callar, y aguantar.

No quería tener más problemas, no quería. Había llegado hace poco, no era su ciudad, sin embargo, tampoco echaba de menos Guinea.

El punto de inflexión llegó unas semanas más tarde. No lo provocó nada excepcional, sino la simple repetición. Lo mismo: un pasillo repleto de gente dispuesta a ver un buen espectáculo, Carlos de frente, él apretando su libro de biología, un empujón y un insulto de regalo. Cogió aire y siguió andando. Entonces sintió como algo le golpeaba en la cabeza, después, un dolor seco. Se detuvo, oyendo las risas y silbidos. Llevándose la mano a la cabeza, notó un escozor y, abandonado su nuca desnuda, comprobó que sus yemas se habían coloreado de escarlata. Carlos le miraba de brazos cruzados, con gesto de superioridad. Estaba a punto de decirle algo cuando Jim, sin pensar, sintió un pitido en los oídos y se lanzó contra él. Con rabia, golpeó a todas partes, como un animal ciego y herido que pelea por sobrevivir. La vista se le nubló. Sólo era consciente de que la rabia se destilaba a través de sus brazos y sus piernas, que sus ojos lagrimeaban y que su corazón estallaba en su interior.

Sintió unos brazos agarrándolo pero tardó en recuperar el sentido. Unos profesores los había separado y los llevaban a jefatura de estudios. Le temblaba todo el cuerpo y sollozaba en silencio. Le dolían los puños, tenía una herida en la cara, un arañazo. Carlos, a su vez, rompiendo su imagen, sollozaba, rojas las mejillas, con la camiseta rota.

Se sentaron en el frío despacho y el jefe de estudios comenzó a hablarles. Jim no escuchó qué les dijo, aún sentía el torrente de emociones que había vivido, comenzaba a sentir más miedo mezclado con un extraño alivio.

No supo cuánto tiempo pasó allí, pero, pasado éste, llegó su madre y otra mujer, la madre de Carlos. La señora era grande y gorda, imponente, con grandes ojos, pronunciadas ojeras, el pelo recogido en un improvisado moño, un vestido enorme y horrible. No titubeó, al llegar le dio una bofetada a su hijo, que se mordió los ojos, sin poder contener las lágrimas de dolor y rabia. El jefe de estudios pidió a ambas que se sentasen y les habló sobre lo ocurrido.

- Tomaremos medidas. Ambos serán expulsados cinco días.

Jim se sintió avergonzado, siendo incapaz de mirar a su madre a la cara. Se sentía culpable por haberla hecho venir del trabajo, ahora debería empezar a limpiar en vez de a las cinco a la cuatro. Se odiaba a sí mismo.

- ¿Por qué no me lo habías contado antes? – le dijo ella, con dulzura y un deje extraño en la voz.

- ¿Contarte qué?

- Que te estaban acosando en el colegio.

El chico se encogió de hombros, colocándose la mochila al hombro, sintió un pinchazo. Carlos iba unos metros detrás, con su madre.

- Dámela, anda. – su madre le arrebató la mochila. – No le contaremos nada a papá, ¿de acuerdo? No queremos que se ponga más triste, ¿no?

Jim negó con la cabeza.

Mientras esperaban a que el semáforo les permitiera el paso, Carlos y la gran señora pasaron tras de ellos, en dirección a su casa. Entonces, se escuchó decir a al imponente mujer, mientras zarandeaba a su hijo:

- ¿Y tú, imbécil, para qué te peleas con un negro de mierda?

Sin duda, las cosas no ocurren porque sí. De tal palo, tal astilla.