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Nos conocimos en el café Festa del Sol, cerca de la playa; a finales de Marzo del año pasado. Yo administraba el lugar hacía un par de semanas. La verdadera dueña, una vieja amiga, había tenido que abandonar el trabajo por problemas familiares y me había ofrecido un turno que acepté en tanto duraran mis vacaciones. Ahora puedo decir que era un trabajo agradable.
La marea urbana traía toda clase de personas a lo largo del día. No se trataba de un lugar exclusivo ni especialmente lindo, pero podíamos tener desde intelectuales rezagados hasta grupos de colegas al salir del trabajo, estudiantes, hombres y mujeres solitarios. Había cierta gracia en verles a todos desde el fondo del mostrador. En medio de mi aburrida posición de mero vigilante del orden, me daba tiempo de reconocer a algunas personas, y al mirar sus caras, advertir si eran tristes o felices; y si me encontraba inspirado, hasta podía entrever el motivo de sus sentimientos: si se trataba de un corazón roto, de un buen o mal día en el trabajo o algún asunto de familia. Cada expresión tiene su particular forma de dibujarse en el rostro y había aprendido a reconocerlas.
Y así fue como te conocí un día, Lucie. Te vi por primera vez un miércoles a las seis de la tarde, poco antes de acabar mi jornada. Era el comienzo de la primavera y lloviznaba, al punto que podía notar el ligero rocío en tu cabello. Llevabas gafas oscuras que te quitaste al entrar y un pequeño cuaderno que no dejabas de mirar como si fuera el mapa de un tesoro. Sin mirarme siquiera, caminaste hasta el fondo del café, todavía vacío, y recorriste el lugar con la mirada hasta fijarla en una repisa junto a una mesa. Entonces, para mi completa sorpresa, te vi sacar un libro del cajón más bajo como un mago que saca un conejo de un sombrero. Lo miraste con ternura, como a una criatura perdida a la que dieras cobijo, acariciaste su lomo, lo apretaste con ambas manos y te sentaste a mirarlo concentrada.
Por tu expresión, supe que no eras infeliz. Parecía que no necesitaras de nada más y que aquel objeto hubiera acabado de alimentar tu espíritu. Poco después, al ver pasar a una de las camareras, levantaste la mirada y le pediste un expreso. En ese momento supe que tenía que conocerte, no sólo por la curiosidad que me provocó tu entrada sino porque me gustaste de inmediato. Si alguna mujer deseaba conocer en mi vida, era alguien que supiera tratar los objetos, en especial los libros, con la delicadeza que te vi hacerlo. Entonces me tomé la libertad de llevarte el café y sentarme en tu mesa. Nos sonreímos y hablamos del libro que estabas leyendo; era una vieja edición de El Sabueso de los Baskerville, te pregunté cómo lo habías encontrado, y me hablaste de algo llamado Bookcrossing que formaba parte de tu vida hacía tiempo. Ninguno de los dos tenía la esperanza de encontrarse con alguien ahí, en particular tú; como buenos amantes de la soledad ambos habíamos aprendido a ser felices sin depender de la presencia de los demás, o eso creíamos. Pero aquel día había ocurrido una especie de milagro y nos mirábamos sorprendidos. Charlamos hasta muy tarde ese día, pronto se hizo de noche y tuvimos que separarnos. Quedamos en vernos, sin embargo, dos días después, y así fue que pude conocerte más profundamente.
En el lapso de unas semanas nuestras vidas fueron encontrándose cada vez más intensamente, y ambos nos sentíamos como dos planetas solitarios en medio de la negrura del universo que se encuentran de forma tan casual como afortunada, atraídos incesantemente por una gravedad muy dentro de nosotros. Quedar a solas los fines de semana, en tu piso o en el mío, era toda nuestra felicidad; leer del mismo libro o mirar Desayuno con diamantes un sábado por la noche en el sofá, la mejor forma de pasar tiempo juntos. Pasamos el año nuevo así, sin parar de hablar y hacer planes como un par de arquitectos que van diseñando los cimientos de la casa en la que habrán de vivir, mientras a nuestros oídos llegaban los festejos desatados del resto del mundo que nos parecían una vulgaridad. A veces, cuando los silencios se prolongaban demasiado, solías preguntarme, - Nunca me harás daño, ¿verdad? - Jamás, te respondía yo, y espero que tú tampoco. Luego suspirabas y hundías tu cabeza en mi pecho.
Con el tiempo, tuvimos dificultades, pero a pesar de tus errores y los míos, sabíamos que había algo importante entre nosotros y habíamos aprendido tanto el uno del otro que casi podía reconocerme en ti. Era esa cualidad llamada influencia que nunca había sentido antes. Mi melancolía, cultivada pacientemente tras largos años de tranquila soledad, era según recuerdo lo que menos te gustaba de mí. La encontrabas peligrosa, como un mal presagio, contraria a tu habitual entusiasmo a prueba de todo. Con el tiempo, sin embargo, también aprendí de tu optimismo y supe olvidar los fantasmas que me asolaban. Podía decir que era completamente feliz, como nunca lo había sido. Cometí el error de pensar, incluso, que lo que teníamos no podía acabarse nunca. No me advertiste, querida, que incluso el optimismo tiene sus límites, que no todo es posible y que la fuerza de voluntad no era precisamente uno de tus fuertes.
Ocurrió que de un momento a otro empecé a sentirte rara, apenas hablabas y me rehuías. Dejamos de vernos, de hablarnos, y mi teléfono enmudeció por completo. Supe de inmediato que algo andaba mal y no tardaste en confirmarlo tras varios días de lamentables ambages. Quedamos por última vez en el mismo café donde nos habíamos conocido. Entonces me dijiste, tranquilamente, que te habías enamorado de otro, alguien que, para mis adentros, me figuré que supo ser mejor que yo y quizá sabrá hacerte más feliz. Con todo, no pude evitar enojarme, molesto por el tiempo que te habías demorado en decírmelo o, incluso, ocultándomelo. El amor nos vuelve estúpidos. Quizá quise sacar explicaciones donde no las había, tratando de comprender qué fue lo que falló en nuestra relación como si se tratara del mecanismo de un reloj que pudiera componerse de un día a otro. No soy especialmente bueno para juzgar bien los sentimientos de los demás. Me molesté, perdí la razón, no entendía nada. Tampoco lo tomaste a bien y decidiste borrarme de tu vida y me molesté aun más. De pronto había dejado de existir para ti, ¿cómo era posible eso? Aún ahora, no sé qué falló, o quizá no fallo nada, y soy yo el que no entiende cómo funcionan estas cosas. Hace unos días, en la televisión sonó una canción de Jeff Buckley y finalmente comprendí lo que quería decir con el amor es un frío y roto aleluya: El amor acaba, sin más, y suena tan simple pero cuesta tanto asimilarlo en medio de las balas.
Antes de Lucie yo pensaba que el amor era la alegría de saber que alguien existe. Tras algunas experiencias caóticas se había convertido en eso. Podía estar tranquilo sabiendo que alguien pensaba en mí, como si se tratara de una unión transparente que no invadiera mi soledad ni poseyera mi alma, todo por el miedo a ser lastimado. Pero ahora ya no puedo sentirme igual ni por asomo, es como si hubiese vivido en una hermosa ciudad que habiera tenido que dejar por la fuerza y de improviso, dejando tiradas las maletas, las postales y las fotos. Con el paso de los días la frustración se diluye, es verdad, junto con la ira y la pena, pero eso no es lo importante. Se va entendiendo lo que ha ocurrido, pero se lamenta que en el corazón de alguien pueda almacenarse todavía algo de rencor hacía el otro, y es algo que tenemos que quitarnos de encima porque es un escozor que no nos deja en paz y nos ata al pasado. Me inquieta la idea de odiar a alguien definitivamente como si todo lo que me hubiera hecho fuera daño, cuando sobretodo hubo momentos en que tuvimos felicidad, alegría y parecía que todo iba a salir bien. Incluso que alguien piense que todavía le odio, me intranquiliza. La vida se me hace demasiado corta para tener una prisión imaginaria de compañeros, amigos, amantes, que por el hecho de ya no serlo no podré volver a mirarles a los ojos ni decirles: ¿Cómo estáis? Espero que seáis felices ahora.
Quisiera terminar esta historia diciendo que un día volvimos a tomar un café e hicimos las paces, aunque ya tuviéramos rumbos distintos, porque con lo difícil que es la vida uno esperaría que en el arte las cosas salieran un poco mejor, ¿verdad?, por esa razón que amamos tanto los finales felices. Pero no fue así y no sé si vaya a suceder. Nuevamente estoy en Festa del Sol por vacaciones, el mundo sigue girando, la vida se mueve. Mientras espero que pase la llovizna sentado junto a la puerta, en la radio suena Friday, I'm In Love de The Cure. La música penetra mis oídos y me hace sonreír con ganas, antes de salir por el periódico. La primavera ha comenzado otra vez y afuera hace un día estupendo. El aire a mi alrededor viene impregnado de la agradable fragancia de la lluvia. Me siento animado de pronto, como si fuera a encontrar amor a la vuelta de la esquina, en cualquier parte. Pero esas cosas, desde luego, nunca se saben; y una vez que llegan, sabes que se irán, dejando sólo recuerdos y esa sensación de que el amor no era esto, que aunque me cueste tanto, tengo que aceptar.
Sí, el amor era esto.
Ariel
martes, 17 de marzo de 2009
EL AMOR ERA ESTO
lunes, 16 de marzo de 2009
UNA TAZA DE TÉ
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Buenas tardes, señor, ¿venía usted a vernos? No se quede en la puerta, pase y siéntese. Mamá ha salido un momento, con mi hermana Elisa, pero vendrá enseguida. Si quiere, le preparará una taza de té, que le sale muy rico. No crea que lo hace con una de esas bolsitas que se meten en agua y ya está. No: ella mezcla varios tés, que tiene en unas latitas, en la cocina, y le pone otras cosas, algo diferente cada vez: vainilla, clavo, canela... Yo me quedo a su lado cuando lo prepara, porque me encanta ver cómo lo hace, y el olor tan bueno cuando abre las latitas. Estoy aprendiendo a hacerlo igual que ella, porque soy mayor, y me gusta mucho ayudar a mamá.
Bueno, ella también me ayuda a mí con los deberes, porque a veces no entiendo lo que explican en clase. La maestra empieza a contar cosas y parece que hay una puerta cerrada, y no puedo pasar. Me da tanta rabia que me dan ganas de llorar. Pero luego, cuando vuelvo a casa y se lo cuento a mamá, ella me acaricia el pelo, se sienta conmigo y me lo explica. Entonces la puerta se abre, y me doy cuenta de que es muy fácil, y me da risa, ¿cómo no he conseguido pasar antes? Mamá se ríe también, conmigo, ¡hasta Elisa se ríe de vernos reír! Eso que es muy chica y no entiende nada, pero a veces te mira de ese modo y parece que sí, que se entera. La verdad es que es muy lista, Elisa.
Antes, también le pedía a papá que me explicara las cosas del colegio, pero dejé de hacerlo porque con él no funcionaba. Es raro, él abría el libro, buscaba la lección y se ponía a decir palabras y más palabras, pero la puerta no se abría, era igual que con la maestra. Él me preguntaba si ya lo entendía y yo me quedaba callada. ¿Cómo no se daba cuenta? Él se ponía más impaciente cada vez, venga a preguntarme, y a mí me daban unas ganas enormes de ponerme a chillar. La verdad es que un día lo hice, pero él se enfadó, me dijo que era una niña imposible y me mandó castigada al cuarto. ¡Lo que faltaba! ¡Si la culpa era suya! Me dio tanta rabia que no contesté cuando me llamaron a la hora de la cena. Al poco rato, sentí que se abría la puerta, y me metí debajo de la cama. Oí unos pasos muy suaves, alguien levantó la colcha y vi la luz de la habitación, y a mamá, ahí agachada, mirándome con esa sonrisa suya. Me tendió la mano y esperó a que yo se la cogiera para ayudarme a salir. Vaya pelos que te has puesto, me dijo riendo. Anda, voy a peinarte antes de ir a cenar. Me gusta mucho cuando me peina, así, pasando el cepillo sin prisa, y el pelo queda tan suave, y tan brillante. Después, se me quedó mirando en el espejo y me dio un beso. Ahí nos tuvimos que reír otra vez, porque llegó Elisa y se puso a gritar que ella también quería. Mamá nos abrazó a las dos, y estábamos tan contentas cuando oímos a papá que nos llamaba desde el comedor con una voz muy antipática. Mamá nos soltó y nos mandó que fuéramos a cenar. Él nos estaba esperando, muy serio, como siempre. Yo me senté en mi sitio y me comí todo lo que me pusieron, porque sabía que era lo que quería mamá, pero a él no le miré ni una vez.
Así que, desde ese día, no volví a pedirle a papá que me explicara nada. De todos modos, casi siempre venía tarde a casa, y para entonces ya estábamos mamá y yo sentadas frente a la mesa, con el libro delante y Elisa enredando por ahí, con su muñeca, porque ella aún no va al colegio ni tiene que hacer deberes que no entiende, menuda suerte. Algunos días estábamos ya cenando cuando papá llegaba, y de pronto el comedor se ponía tan serio, y teníamos que comer con la espalda recta y coger bien los cubiertos. Ni hablar de hacer cosquillas a Elisa por debajo de la mesa si no queríamos acabar castigadas. En cuanto terminábamos, nos mandaba a la cama. No podíamos protestar porque todavía era muy pronto, porque él se ponía más serio aún, diciendo que los niños no deben replicar a los mayores y no sé qué de lo necesario que es el descanso.
Con un poco de suerte, mamá venía después a contarnos esas historias que se inventa, donde hay princesas que tienen nuestros nombres. Pero otras veces, al terminar la cena, él la cogía de la mano y le decía: Amalia, quédate conmigo un rato, anda, que nunca puedo estar contigo. Prepara uno de esos tés que te salen tan ricos y nos los tomamos juntos, amor. Esas noches, mamá no venía a nuestro cuarto a contarnos historias.
Algunos domingos, papá nos llevaba de paseo. Se plantaba silbando en la cocina, donde ya estábamos desayunando nosotras, le daba un beso a mamá y le decía: me llevo a estas chicas, mientras tú preparas la comida, así no te dan guerra. La verdad es que yo prefería quedarme en casa, ayudándola, pero cuando intentaba decírselo, ella se me quedaba mirando, y yo me callaba. Así que nos íbamos con papá, pero era muy aburrido, nada más que ir por el parque andando, o saludando a señores muy serios, o peor aún, a señoras gordas que nos daban besos húmedos. Yo me quedaba mirando a los niños que pasaban en bicicleta, y me hubiera gustado tener una para correr y correr cada vez más rápido, y sentir el aire en la cara, el pelo volando hacia atrás, y pensaba que luego mamá, en casa, se habría reído de verme tan despeinada y me hubiera pasado el cepillo por el pelo, así, suavecito, como ella sabe. Un día me atreví a decirle a papá que yo quería una bicicleta para mi cumpleaños, que no pediría ningún otro regalo, ni por Reyes, ni nada. Él meneó la cabeza, dijo no sé qué del dinero y que ya veríamos, que es la manera que tienen los adultos de decir que no.
De todas formas, eso era sólo los domingos. Los demás días, ya le digo, llegaba por las tardes, siempre con la cara tan seria y parecía que cerraba de golpe las puertas que había abierto mamá. Ya no podíamos seguir con las lecciones; además, daba igual, porque yo ya no entendía nada y se me hacía un nudo en la garganta. Hasta Elisa, que es muy chica y no se entera, se ponía a hacer pucheros, y a él sólo se le ocurría decir que esa niña estaba muy consentida, y que la culpa era de mamá. A mi me daba mucha rabia, pero sabía que era mejor no decir nada, si no quería que me castigara. Luego, eran las cenas tan aburridas, ponte derecha, mira cómo coges el cuchillo. Menos mal que más tarde mamá venía a nuestro cuarto a darnos las buenas noches, y nos traía algún dulce, o un trozo de chocolate, aunque a mí me gustaban mucho más las historias que se inventaba.
Una noche, estábamos ya acostadas cuando llegó él. Mamá estaba con nosotras, contándonos un cuento estupendo, de unas niñas bandoleras que vivían muchas aventuras. Hasta Elisa, que se enteraba sólo de la mitad, ponía los ojos como platos y decía bajito: bandoleras, bandoleras, porque no conocía la palabra, y le daba risa de tanto repetirla. Pero entonces él llamó desde el comedor: Amalia, anda, ven aquí, que me apetece mucho ese té que me preparas. Ella contestó sin moverse que estaba con nosotras, pero él la llamó otra vez, con voz de enfado. Las risas se volaron del cuarto, y nos quedamos las tres muy serias. Mamá miró hacia la puerta y, por un momento, estoy segura, estuvo a punto de gritar que no, que quería quedarse con nosotras, pero apretó los labios y se quedó callada. Entonces, volvimos a oírle: vamos, Amalia, ven conmigo, que no te he visto en todo el día y quiero mi té. Antes de que ella dijera nada, yo me acerqué a su lado y le dije al oído: sí, mamá, vete con él y prepárale ese té, uno muy especial. Nos quedamos mirando un momento, sólo un momento. Enseguida se puso de pie y fue hacia la puerta. Elisa se puso a protestar, pero mamá le prometió que muy pronto le contaría el final del cuento.
Aquella noche oí ruidos extraños, pasos, puertas que se abrían, o a lo mejor lo soñé todo. Al día siguiente no me llamaron para ir al colegio. Yo me quedé en la cama, escuchando el silencio que se había hecho en la casa. Al fin, vino mamá a buscarnos, con cara de haber llorado. Elisa se puso a llorar al verla, pero eso también parecía parte del sueño, como nuestros vestidos negros, tan feos, y también todos esos señores con cara seria que llenaron nuestra casa, y las señoras gordas que se sonaban fuerte con el pañuelo y nos daban besos húmedos diciendo pobrecitas, pobrecitas.
Mucho después, me di cuenta de que ya era de noche y estábamos las tres en el salón, donde ya no estaba papá. Mamá nos abrazó y dijo que era hora de ir a la cama. Nos puso nuestros camisones blancos de siempre y se llevó los vestidos negros, que no volvimos a ver. Esa noche tampoco hubo historia, pero ni Elisa ni yo le pedimos que nos la contara, porque estábamos muy cansadas, y yo sabía que mamá también lo estaba.
Desde entonces, vivimos las tres solas. Al principio, resultaba raro y parecía que no teníamos ganas de nada; mamá se quedaba mucho rato mirando a un sitio, muy lejos, que sólo veía ella. Pero un domingo, no sé cómo, mientras desayunábamos, nos miramos las tres y nos pusimos a reír, nos reímos como locas, hasta que a Elisa le dio hipo, y entonces nos reímos más todavía. Yo creo que las puertas volvieron a abrirse entonces y ya no se han cerrado más, y así se está bien, porque entra el sol, el aire fresco y alguna mosca despistada. Mamá ahora se va a trabajar por la mañana, pero yo le ayudo con las faenas cuando llego del colegio. Así, nos da tiempo de hacer juntas los deberes, mientras Elisa les canta canciones a sus muñecas. Por la noche, no nos importa irnos pronto a la cama, porque sabemos que allí nos está esperando la continuación de las historias que inventa mamá.
¿Se va usted ya? Mire que mamá llega enseguida, no tarda ni un minuto. ¿No quiere esperar un poco, para que le prepare una tacita de té?
Hornimans
jueves, 12 de marzo de 2009
ACCIDENTADO VIAJE EN AUTOBÚS
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Es un día soleado aunque de rayos ténues. Apenas noto el calor en el cristal, el suficiente para sentir su efecto ensoñecedor. Tras un duro día volando de un lugar a otro es imposible no caer en la tentación, mi cabeza cae milímetro a milímetro, segundo a segundo. ¿Qué es lo que me produce este bienestar? ¿los rayos de sol? ¿o el leve movimiento de mi alrededor?
Al cielo azul le van ganando los tonos anaranjados y rojizos. El día termina y las aventuras acaban por hoy, ¡¿o eso es lo que pensaba?! Oh… ¿por qué mi culo se ha estampado contra el cristal? Quizá no haya sido lo más acertado volver a casa en autobús. ¡Vaya frenazo!
¡Ah! ¿Quién ha apagado la luz? ¡No puede ser que ya se haya hecho de noche! ¡Si hace un rato tenía el sol enfrente! Otro frenazo ha provocado que me cuele por la ranura que hay entre el cristal y el plástico que lo sujeta. Me siento presionada aquí dentro pero creo que ha sido el golpe, no me costará salir.
Vaya… ¿qué es eso que brilla? Tras sacar la lengua descubro que es polvo grasiento, ya podría haber sido un trocito de caramelo que se le hubiese caído a alguien. De todos modos no pensaba comer nada hasta la hora de cenar y más ahora que estamos en invierno, se trabaja menos y los kilos se asientan.
A duras penas salgo de mi agujero y encuentro un par de ojos enormes acechándome. ¡Qué pasa señora! ¡¿Nunca ha visto tropezar a una mosca?! No acabo de encontrar el equilibrio que un manotazo de la señora me estampa contra el asiento de enfrente. ¡Qué falta de respeto! ¿Me meto yo con usted? Decido irme más hacia atrás, justo detrás del asiento de la señora maleducada que está vacío, seguro que aquí nadie me molesta.
Unos minutos de tranquilidad y un nuevo frenazo. Éste me impulsa hacia delante, mi vida y la de la señora desagradable vuelven a cruzarse, pero esta vez me siento enredada por una apestosa pelambrera, ¡¿pero qué hace con tirantes en pleno invierno?! ¡señora, dúchese! ¡me ahogo! Un nuevo manotazo me devuelve a mi posición original.
Parece que me estoy quedando dormida cuando aparece una señora con un bebé en brazos, qué carita más simpática y ¡ay, qué manos más largas! “¡Caca!” le dice la supuesta madre al mismo tiempo que todo se vuelve oscuro y me veo rodeada de babas. “¡Oiga, que yo soy muy limpia, es por la señora de delante que le canta la sobaquera!” le digo mientras su dedo me arrastra hacia la luz.
Sin dudarlo, bajo en la siguiente parada. Lo que queda de camino prefiero hacerlo volando, no tengo ganas de saber qué más puede depararme el futuro en este autobús. Además así me seco y me ventilo un poco, que con todo lo que me ha caído encima, ¡cualquiera duerme!
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La cabra loca
MI AMIGA
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Su color es blanco, blanco como el invierno, como la flor del almendro, como la inocencia. Su mirada es blanca, blanco su corazón, blancas las palabras que brotan de su blanca boca.
Es olor a mar salado, a salitre, un olor natural, refrescante y relajante; olor a playa, a verano, a vacaciones, a descanso.
Suena a guitarra española, a suaves acordes con notas agudas, a dueto de cuerdas que hace tiempo tocábamos los dos.
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Quisquilla
